domingo, enero 06, 2008

¿A Dónde Van Las Mujeres Bellas?

He visto muchas mujeres que al ser muy bellas, construyen su mundo exclusivamente en torno a tal cualidad. Se acostumbran a la genuflexión cortesana masculina. A la inseguridad y/o pleitesía de sus compañeras de género. A ser el centro de atención de cuanta reunión ornan con su presencia.
La atención de los auditorios gira en torno a ellas, alimentando este fantasioso mundo donde reinan en forma absoluta y despótica.
Pero, ¿Qué sucede cuando ese don temporal es rasgado por el paso del tiempo? ¿Qué ocurre cuando las caras bonitas se tornan rostros venerables, pero estéticamente intrascendentes?
Algunas optarán por esconderse. Por ocultar sus rostros, como si su desaparición pueda asegurar una posteridad de belleza inclaudicable, augusta vencedora del tiempo.
Otras, adoptan un aire condescendiente y bonachón, y se integran con sonrisa bondadosa y contrita en la sociedad, despojadas ya de corona y cetro. Interesándose de pronto por la suerte de quienes hubieran ignorado cruelmente en sus tiempos de regia vigencia.
Si estas féminas eligieron parejas que fueron atraídas exclusivamente por su belleza, una vez que aquella inicia su crepúsculo, estarán expuestas a que los galanes giren en otra dirección en búsqueda de delicias más tiernas.
Las que fueron inteligentes, y en lugar de regocijarse y disfrutar pasivamente los efectos de su belleza, la usaron (de un modo u otro) para conseguir sus objetivos, probablemente tengan un retiro más cercano a sus planes trazados.

sábado, enero 05, 2008

El Osito Que Nunca Volvió (II)

La Rusa me miró desconfiada, intuitiva. ¿Quién te gusta? preguntó, barriendo el entorno con la barbilla.
Di un vistazo alrededor, y pensé que ni pagado saldría con una puta. Ninguna, respondí como disculpándome.
La Rusa comenzó a perder la paciencia, convencida seguramente de que su mala estrella la había colocado en una mesa ocupada por un par de imbéciles que sólo querían mirar. ¿Te gustan las mujeres o qué?, me dijo desafiante.
Podía molestarme y hacer un papelón o tratar de contemporizar. Elegí lo segundo. Volví a mirar alrededor, y en medio de ese ambiente de conversa y trago general, no exento de sordidez, divisé a la chiquita que servía botellas y fuentes de piqueo, seria y lejana como si con ella no fuera la cosa.
Sólo saldría con ella, repliqué, señalándola.
La Rusa la miró, me miró (elocuentemente), y se levantó sin decir palabra.
Pensábamos que nos habíamos librado de ella y ya estábamos planeando la fuga, cuando un mozo se nos acercó con la cuenta y nos dijo que las señoritas nos esperaban afuera.
Cuando salí por delante -el charapa se retrasó por algo-, la Rusa me preguntó ¿Dónde está mi marido?, celebrando su broma con una risotada. Su sentido del humor me reconcilió con ella. La chiquita permanecía un poco alejada a nosotros con aire sombrío, enfundada en una casaca sintética.
Subimos a mi auto, y por instrucciones de la Rusa, llegamos a un hotelucho de mala muerte, lugar habitual para finiquitar estos negocios.
Apenas apagué el motor, se acercó alguien del hotel e inclinándose por la ventana informó que el lugar estaba full, y que sólo había una habitación disponible. En unos 45 minutos se desocuparía otra con seguridad.
Le dije a mi pata que se adelante, él repuso que cómo, que yo primero; pero la Rusa lo cogió de la mano y se lo llevó.
Al quedar solos me pasé a la parte posterior donde la chiquita miraba por la ventana, lejana a lo que pasaba.
En cuanto me hube sentado, giró y me dijo agresiva, son cincuenta soles. Saqué mi billetera y le extendí el dinero. Listo, le dije.
Mira, continué, la verdad no sé porque estamos acá, yo te elegí porque pensé que no ibas a aceptar, la verdad no me gusta andar con putas, tu amiga, la Rusa, es terrible. No me acostaría con ella ni aunque me pagara mil soles. Para qué, si estoy casado, amo a mi esposa, y no quiero estar con otra mujer, menos si es como esa. Si quieres puedes irte, no estas obligada a nada. Mira, toma otros cincuenta soles, dije extendiéndole otro billete. No creo que tenga precio tomar tu cuerpo. Te doy el dinero porque tú lo necesitas más. Cuando te vi por primera vez me pareciste diferente a las demás, como que estás en medio de ese mundo, pero sin mancharte con él.
Bueno, mejor anda ya, estás cerca del bar, yo me voy antes que salga mi amigo. Y me dispuse a partir.
Tú también me gustaste cuando te vi, dijo la chica. No salgo con nadie desde que tuve una mala experiencia. Y me contó acerca de un intento de doble penetración que ocurrió con unos clientes, de cuya casa salió huyendo.
Desde allí, ya no quise nada. Le pedí a la dueña (con quien vivía) que me dejara servir en la cocina y atender las mesas.
¿Entonces porque hoy porqué aceptaste salir con un desconocido?
Porque me señalaron quien era el que me pedía, y sí me gustaste cuando te vi a los ojos.
Le pasé el brazo por los hombres y la atraje suavemente. Besé su nariz, su frente rocé sus labios, y la apreté a mi lado mientras miraba el firmamento del techo de mi volocho. Debes haber tenido una vida difícil, murmuré.
Cuando subimos a la habitación, éramos como una pareja. Sin pudores, hielo, ni incomodidades.
Despojada de toda vestidura, la chiquita tenía una cola increíblemente redondita y dura. Cuando estaba sobre ella, le cogí las pantorrillas, rellenitas como las de una chica oriental.
Luego de haber terminado, ella cruzó los brazos sobre mi espalda y me mantuvo dentro y encima de su cuerpo. Eres mi osito, dijo feliz (mmm, no recuerdo haber estado subido de peso). Al apartarme de ella, me dijo, me dolió cuando saliste. La observé pensando en las posibilidades de que su frase tuviera diferentes sentidos.
Cuando íbamos en el auto hacia el bar, me dijo que quería volver a verme mañana, pero que no vaya al local. Nos encontramos en esta esquina, dijo.
OK, a las ocho de la noche, contesté.
De su cartera sacó implementos y comenzó a maquillarse por primera vez en esa noche.
Mientras pintaba sus labios se volvió hacia mí, no te olvides, osito, mañana a las ocho.
Sin falta, respondí sonriendo.
Luego, traicionado por lo que sabía que pasaría, le dije, si no llego hasta las ocho y cuarto, mejor regresa al bar, tal vez me compliqué y no puedo venir.
Cuando llegamos abrió la puerta, me dio un beso y antes de bajar se volvió y dijo, creo que esta es la última vez que te voy a ver.
Mañana a las ocho, contesté con una sonrisa. Nos hicimos adiós con la mano, y dejé que la noche me trague para siempre.

El Osito Que Nunca Volvió

La semana pasada una frase oída no sé donde, activó en mi mente una vivencia que había quedado sepultada profundamente.
Trabajaba en ese entonces en el BCP de La Molina, distrito en el que además vivía, en tranquila armonía con mi esposa y dos pequeñuelos.
Entre los compañeros del Banco, había un gracioso charapa más movido que “maraca de brujo”, que en ocasiones -luego de una insistencia notable-, lograba extraerme de mi rutina para partir con rumbo desconocido a pasarla bien en bares y discotecas.
Mi pata era super entrador y en esas excursiones atraía a nuestra compañía a diferentes féminas, algunas memorablemente deplorables, aunque otras eran interesantes, y no faltaban las guapas. En el fondo, era una sana diversión, pues no pasábamos de conversa y algunos pocos tragos. Por mi parte nunca intentaba (ni me apetecía) llegar más lejos, las chicas parecían sentirse cómodas con tal situación, y mi pata era, pese a todo, tan cauto como yo (y también casado).
Cierto viernes me habló para ir a una especia de bar, donde las anfitrionas eran prostitutas (nada que ver con la foto psteada, por cierto). Le habían contado de una gringa a la que llamaban La Rusa, y mi amigo, instigado por la carne blanca, quería un compinche para tal excursión.
Luego de escucharlo insistir por horas con diferentes y alucinantes argumentos, acepté finalmente. Después de todo, con o sin mujeres, solíamos pasarla bien rajando de los compañeros, riendo de cualquier idiotez que se nos ocurriera, o planeando la próxima salida, “esta sí a matar, compadre”.
Llegamos demasiado temprano a ese bar de Lince, muy cercano a la intersección de Javier Prado y Petit Thouars. A duras penas se divisaba algunos parroquianos de catadura un poco más salvaje que la nuestra, de bancarios blanquiñosos con corbata y de veintimuchos años.
Se nos acercó una chiquilla de unos diecinueve años a preguntarnos si nos servíamos algo. Pedimos un saltado de pollo y cervezas.
Parece que te estafaron, comencé a joderlo, en vista que el lugar parecía otro bar cualquiera. La chica del pedido se veía totalmente normal, sin nada que la identifique como personal de un antro de perdición como aseguraba el charapa que era este.
Luego de un par de horas nos habíamos reído, bebido (muy poco), y el charapa se había peleado con la chica del servicio, al quejarse de que su saltado no era de pollo sino de papas (la chica protestó furiosa, pues según afirmó, ella lo había preparado, y muy bien).
El lugar ya se había llenado de parroquianos, y ellas habían aparecido como por arte de magia. En todas las mesas se veía fulanos y mujeres. Vestidas estas sin tanta chillonería, acaso porque no era necesario evidenciarse en plena calle.
A uno de los mozos que también habían surgido para atender la creciente demanda, mi amigo le preguntó por La Rusa. No había terminado de hablar cuando el tipo sin responder se dirigió a una chica que estaba hablando con otras. Esta se levantó y antes que pudiéramos darnos cuenta qué pasaba, estaba sentada en nuestra mesa, obligándonos al beso de rigor.
La famosa Rusa sólo era algo blanca, teñida chillonamente de rubia. Su conversación resultó para mi gusto bastante insípida, por lo que mi pata monopolizó su atención. Después de un rato, el charapa también parecía aburrido con la chica, así que astutamente me miró y preguntó alto, para que la Risa escuchara, ¿para qué la llamaste?
Ella giró hacia mi y dijo poniéndose sería (que diablos, con la plata no se juega) ¿bueno, quien me ha llamado?Si te hubiera conocido antes, yo te habría llamado, respondí, por lo que la Rusa giró y le clavó una mirada asesina a mi pata, quien declaró que estaba dispuesto a salir (eufemismo para ir a un hotelucho), si yo también salía.