¿PORNOGRAFIA O EROTISMO EXPLICITO?
Depende del cristal con el que se mire, o quien esté detrás del cristal.Pero, ¿cómo definir la diáfana frontera entre lo correcto e incorrecto, si todo depende de juicios de valor, que pueden funcionar para unos y no para otros?
Antes de continuar, debemos entonces, formular una declaración de principios:
Juro por Dios que no trataré de imponer mi forma de vida, mi forma de pensar, ni mi forma de ver las cosas, a otras personas.
Los dejaré vivir su vida, haciendo comentarios sobre lo que a mi me parece correcto, pero sin juzgarlos, ni mucho menos, condenarlos, por haber elegido opciones diferentes a la mía.
Asimismo, viviré con ética sin hacer daño a los otros, respetando sus creencias y sus libertades, siempre que a su vez, no me perjudiquen a mi, ni a los míos.
En el nombre de Jesucristo, Jehová, Alá, Buda, Odín, Júpetir, y todos los otros Dioses de nosotros los agnósticos.
Continuemos.
Entonces, ¿qué es la pornografía?

Veamos que dice al respecto el maestro Vladimir Nabokov (léase: Lolita, Ada o el Ardor, etc.), eterno enamorado y fornicador (literario) de púberes nínfulas.
“...la pornografía sugiere mediocridad, lucro, ciertas normas estrictas de narración. La obscenidad debe ir acompañada de la trivialidad, porque cualquier índole de placer estético debe ser reemplazado por la simple estimulación sexual, que exige la palabra tradicional para una acción directa sobre el paciente… en las novelas pornográficas, la acción debe limitarse a la copulación de clichés. Estilo, estructura, imágenes, nunca han de distraer al lector de su tibia lujuria. La novela debe consistir en una alternancia de escenas sexuales.
Los pasajes intermedios se reducirán a suturas de sonido, puentes lógicos del diseño más simple, breves exposiciones y explicaciones que el lector probablemente omitirá, pero cuya existencia debe reconocer para no sentirse defraudado… las escenas sexuales deben ir in crescendo, con nuevas variantes, nuevas combinaciones, nuevos sexos…”¡Que maestro!. En fin, lo cierto es que el perfil psicológico de Vladimir parece apuntar a un gran consumidor de pornografía, tal vez, (para horror general) hasta en su terrible variante infantil.
Sin pretender ser un inquisidor cucufato, pienso que la pornografía infantil sí es un delito, y de los graves. El efecto que causa en una persona en etapa de desarrollo, que no tiene la libertad o criterio suficiente para elegir su mejor opción, puede ser irreversible.
Hay otro tipo de pornografía (llevada a las pantallas) que no es delito, pero que según este blogero debería serlo por el mal gusto que entraña. Me refiero a la pornografía grotesca norteamericana. Aquella que para resultar evidente recurre a situaciones extremas que no provienen del erotismo, sino de cliches trillados, vulgarmente enfáticos y muy mal actuados.
Parafraseando al gran Oscar Wilde (del otro team, el salvaje Oscar), no hay películas inmorales, sino películas bien hechas ó mal hechas. En ese sentido, para mi gusto particular, las porno americanas -prolíficas en gestos grotescos, escupitajos, y expresiones que no dejan lugar a la mínima imaginación-; suelen ser basura nauseabunda, imposible de ver sin sentir desagrado.
Por suerte, no todo es vulgaridad en este mundo, y existen expresiones que conjugan sexo explícito, que me gusta calificar como erotismo explícito, en lugar de pornografía (tal vez por el estigma de la palabreja de marras).
Es el caso de ciertas películas francesas que han cruzado la línea del sexo explícito. (Romance, Baise-Moi), para complementar/evidenciar un argumento interesante.Más antiguo que ellos, Nagisa Oshima puso en las salas su Imperio de los Sentidos, con mucho sexo explícito, y un guión a prueba de críticos puritanos. Creo que a ningún intelectual se le cruzaría por la cabeza etiquetar como pornografía dicha película, que expone de gran forma -con una mirada japonesa-, precisamente, el dominio de los sentidos. Algo tan natural, como lo que pasa por la noche en casa de toda pareja activa.
Hablando de erotismo explícito, las películas “porno” japonesas, producidas por japoneses (no las americanas que usan nikkeis americanas), son muy diferentes a sus congéneres americanas, ya que en las orientales no abundan la vulgaridad, sino, la excentricidad (muy japonesa). No suelen haber sobreactuaciones, ni ayes fingidos. Es más, en algunos casos, uno tiene a la vista la evidencia de la poca actividad que ha tenido la “estrella” del filme. Sin contar en lo angelicales que se ven muchas jóvenes niponas (podrías estar sentado frente a una porno-star japonesa, y pensar que está esperando turno para su catequesis de primera comunión). 
Los más valientes observen este curioso corto de 13 minutos.
En cuanto a libros, debería comenzar por aquél que al caer en mis manos adolescentes, disparó el presupuesto familiar de papel higiénico: Memorias de una Pulga (que convierte a cualquier chibolo en Onan el Bárbaro).
Totalmente explícito, con un argumento elaborado exclusivamente para hervir los sesos, este libro anónimo y decimonónico, es una auténtica bomba nuclear para las hormonas. Me gusta llamarlo erotismo explícito por… agradecimiento, je.
No se queda tan atrás la francesa Catherine Millet cuyo libro La Vida Sexual de Catherine M. ocupó un posteo en este blog hace muchas lunas. Con diferente temática, la novela de Ryu Murakami, Azul Casi Transparente, es un gran ejemplo de cómo el inteligente erotismo explícito es un afrodisíaco más potente que los mensajes grotescos y de mal gusto.
Lamentablemente, para un ávido consumidor freudiano de películas y libros de esta laya, no hay mucho material disponible. De hecho, la falta de historias escritas o actuadas, me animo hace ya algunos años, a perpetrar algunos cuentos (estoy dispuesto a transar los derechos para una película). Según la introducción (el término encaja totalmente con la temática del libro), se trata de escudriñar en el órgano sexual más potente que tiene la humanidad: el cerebro. Así, en mis historia he querido lanzar un haz de luz a algunas cavernas oscuras de la mente humana, en donde yacen historias/motivos que a veces quisiéramos que no existan, pero que son tan nuestros como nosotros mismos. Tal vez algún día me anime a ponerlos bajo la luz del día.







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